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domingo, febrero 21, 2010

Las flores del bien














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La hora y el día: cualquiera; la ciudad: una entre las muchas de España. Circulaba con mi viejo coche por las calles coruñesas, cuando el conductor de un lujoso vehículo hizo una maniobra en falso, en el sentido de que puso el intermitente indicando su desplazamiento hacia la derecha y, realmente, se fue hacia la izquierda; cometió un pequeño despiste, quizás, involuntario. Detrás iba otro automóvil, no menos lujoso que el anterior, que como consecuencia de la maniobra en falso del primero tuvo que cambiar de carril.

Al instante, mi cochecito y yo, quedamos parados ante un semáforo, casualmente, en medio de los ‘ocho ruedas protagonistas del incidente. El caballero (digo caballero, aunque no se portó como tal) de uno de los coches–ya maduro–abrió la ventanilla y dijo: “¡Me cago en tu...!” Creo que nombró a alguien de la familia. Acto seguido el señor abrazar segundo del segundo automóvil–joven–sacó la cabeza por el habitáculo, contestando: “Y yo en el tuyo”. Tampoco su postura fue la de un señor.

Asombrado mi 850 al ser testigo de lo que había pasado, me dijo: “¿Qué te han parecido esos dos caballeteres?”. Creo que han perdido las maneras, le contesté.

Sigo yendo en mi coche, y conduciéndole como siempre los hago, es decir, despacio, despacio...porque los años–los míos, más de setenta y...–, no me permiten hacerlo de otra forma. Escucho música, como siempre lo hago, y, a veces, miró por el retrovisor a una hermosa mujer de esas ¡qué quitan el hipo! Bien entendido: he dicho miro. ¡Cualquier día me voy a estrellar con las cuatro ruedas que circulan por delante de mí! Y me estará muy bien por viejo..., aunque entiendo que es culpa de mi corazón porque vive y late, porque vivir quiere decir soñar.

Otras veces, muchas más, cojo mi cochecito y me dirijo al campo: un viejo y buen amigo mío, al que ya nombro como ‘mi campo’. Me detengo a pasar un buen rato, leyendo aquellos libros que a todos nos gustan leer, y que nos tranquilizan sobremanera. Y este campo contiene hermosos y frondosos árboles, y pajarillos y flores silvestres y amapolas–las flores del bien, que no del mal–, que me recuerdan viejos y amorosos poemas de amor, y que, al escucharles acarician mis oídos y me engrandecen el alma. Las flores del bien que hacen convertirse a uno en un joven o viejo soñador, que hacen que el horizonte de la vida se nos muestre aún por descubrir, que hacen florecer en nuestro intelecto semillas –de amor y bondad–, perdidas en las entrañas de la tierra ,por que allí las olvidé cuando mis manos sentían la frialdad del hielo...

Mientras la vida–esa vieja amiga vuestra y mía–sigue su inexorable recorrido ya preconcebido, y nosotros hacemos oídos sordos a sus indicaciones y sugerencias, que recibimos todos los días del Señor: “¡Sed prudentes al conducir, pues las carreteras están sembradas de cadáveres, que fueron muertos por nuestras propias limitaciones humanas!”, terminó diciéndome.

Y es que la vida–nuestra vida–, y no sé el porqué, sabe y comprende que no somos dueños ni de un sólo instante de ella. Sabe y comprende que no somos inmortales, sabe y comprende que tenemos nuestros recuerdos de supervivencia muy limitados y en todos los órdenes de la vida (esa vida que no es nuestra): somos gentes muy imaginativas los españoles, que no trabajadores precisamente, y siempre estamos soñando con nuestra chica de los ojos verdes.

El estrés a que estamos sometidos por nuestra manera de vivir, irritaciones contenidas–quizás del propio trabajo que desempeñamos (aunque hoy en día muchas personas no padecen estrés porque no pueden trabajar: no hay trabajo a la vista) –, disgustos de tipo familiar, complejo de superioridad e inferioridad, etcétera. Todo este cúmulo de premisas ,y muchas más, influyen de forma muy negativa en nuestro carácter, y hace que nuestras conducciones lleguen a ser, en muchos casos, peligrosas para nuestros amigos los peatones, para los demás conductores y, por qué no, para nosotros mismos. Nuestra asignatura pendiente ha de consistir en reeducarnos cívica y vialmente hablando, para poder siempre desarrollar una buena seguridad vial. Nuestras armas a emplear, deberían ser: el respeto mutuo, la cortesía, la amabilidad... Erradiquemos la violencia, y fomentemos la reflexión.

Mi cochecito y yo seguimos recorriendo las calles, y últimamente, hemos observado tristeza, mucha tristeza en los rostros de las gentes con las que nos cruzamos. Esos rostros–caras con amargura en su expresión–, nos hacen saber: ¡Qué España va mal! , o que también el mundo marcha mal. Tendríamos que premiar la inteligencia, los buenos modales, la reflexión, la prudencia... (más bien todos estos dones de nuestro intelecto, y hoy por hoy, me da la sensación de que parecen molestar o molestan).

Por el contrario, aplaudimos las incorrecciones en nuestras conductas para con los demás, aprobamos las groserías que están al orden del día, despreciamos a nuestro prójimo cuando necesita de nuestra ayuda, e, incluso, cuando éste es objeto de malos tratos de palabra y obra( violencia de genero, que se dice ahora, y que siempre existió...,pero no con tantas y tantas muertes de mujeres maltratas por sus maridos o parejas sentimentales( me da igual), que todos a casi todos lo meses del calendario son portadas en lo periódicos de venta diaria o en el mismo Internet. Miramos solamente nuestro confort personal, y ¡el que venga atrás... qué arree! ¡Vaya tropa la que somos!, digna de lastima, en verdad.

No he pensado ni por un momento el dar una clase de religión (para eso están los curas), aunque lo parezca. Creo que todo lo expresado se está estudiando en esa asignatura, que dicen que es tan importante: ‘Educación para la ciudadanía y los derechos humanos’, que ya se cursa en nuestras autonomías, aunque entiendo que no está dando los resultados apetecidos, y, a las pruebas me remito.

Quizá esos conductores de que he hablado al principio se comporten, y en sus casas, con los mismos modales que mostraron en la calle cuando conducían sus vehículos, quizá no quieran entender que los niños siempre hacen lo que ven y oyen en sus casas, quizá crean que con la asistencia a las clases de enseñanza los niños/as obtengan suficientes conocimientos para su formación...Nada más lejos de estos asertos: los jóvenes serán hombres de provecho el día de mañana, si complementan la formación recibida–por parte de los profesores/as- en los centros de formación ,con la recibida en sus casas por parte de sus progenitores. Así es (si así os parece), obra teatral de Luigi_Pirandello .



La Coruña, 21 de febrero de 2010
©Mariano Cabrero Bárcena es escritor
















martes, junio 23, 2009

Migajas de angustia y dolor


Hemos de desterrar para siempre la compasión para el pobre y el miedo a la globalización.








...angustia y dolor


Estableciendo un dialogo intercultural entre los seres humanos , se puede llegar a tratar de crear un mundo globalizado donde los pobres sean un poco menos pobres, y los ricos sean un poco menos ricos: distribución equitativa de la riqueza.¿Para qué sirve tanta riqueza en nuestras manos?


Converso con mi pensamiento, y él me dice: “¿Para qué sirve tanta riqueza en nuestras manos?” Si la riqueza fomenta compasión, uno desea ser pobre; si la pobreza genera odio, uno desea ser rico. Y es que el hombre es insaciable en cuanto a la posesión de riquezas (por bienes terrenales). “El dinero es como el abono que se echa a la tierra: de nada sirve si no se extiende”, dejó escrito Francis_Bacon (pintor).


Se extienden cuando hay en el mundo cuarenta multimillonarios que distribuyen migajas de angustia y dolor, y así, vemos morir, todos los días del año, miles y miles de niños que nacen, única y exclusivamente, para tener una muerte pronta, angustiosa y dura.



Nuestra cotidiana vida se está convirtiendo día a día en un creciente mundo de temores que nos amenazan: Miedo a morir, miedo al dolor, miedo a perder la cabeza… Son muchos miedos juntos que, según los expertos en la materia, erosionan nuestros cerebros terriblemente, y nos hacen pensar en la erosión que está sufriendo el ecosistema, la proliferación de las armas nucleares. El último caso al respecto lo está protagonizando Irán, que trata de conseguir, y lo conseguirá bombas nucleares de destrucción masiva. El terrorismo que corre por todo el Globo Terráqueo, la lucha para conseguir dinero y poder al precio que sea, tráfico y venta de órganos humanos sacados a cuchillos muertos de los cuerpos de inocentes criaturas raptadas o vendidas por sus propios padres.

Y a todo esto llamamos cultura, globalización, democracia, derechos humanos… Todos son miedos y mentiras


Y a todo esto llamamos cultura, globalización, democracia, derechos humanos… Todos son miedos y mentiras, todos son mentiras y miedos que marchan unidas en un perfecto engranaje que nadie sabe a dónde nos conducirá. Son el bien y el mal juntos, hermanados, que se dan la mano para pasear por estos mundos de Dios, y que siembran de crespones negros, a modo de agujeros, la geografía universal. Quizá estemos ciegos de soberbia, quizá hemos olvidados derramar lágrimas vírgenes, quizá vamos encarando un mundo sin control ni norma alguna bajo el signo de los políticos corruptos. Y es que la enfermedad nadie la desea, así como nadie desea la muerte. Más todos sabemos que esta última alguna vez ha de llegar. Incluso no hemos de descartar el caso concreto de que “el miedo a la muerte” nos puede producir un sufrimiento tan intenso e insoportable, que el último nos puede conducir al suicidio.

La sociedad actual ha de saber conllevar los dolores físico y psíquico, que son innatos a nuestra naturaleza humana y mortal. Entendemos perfectamente que la depresión, la ansiedad, los miedos…nos han de acompañar a lo largo de nuestra corta o larga existencia, mal que nos pese.

Partiendo de la base de que “la violencia engendra violencia”, y ésta se viene acrecentando en todos los ámbitos de nuestra cotidiana vida, nos está acompañando–diría yo–, de temores o miedos a procesos que, buscando nuevas normas de adaptación a cambios sociales en nuestra actual sociedad de convivencia, son necesarios asumir como naturales en las culturas de los pueblos o grupos sociales, insisto: hemos de asumir que deben existir miedos y temores–miedo a morir, miedo a perder la cabeza, miedo al sufrimiento, miedo al dolor, miedo a la enfermedad (cáncer, sida, esclerosis múltiple, etc.)…


Son muchos miedos juntos. Estos condicionan nuestras normas de convivencia y respecto hacia las personas y cosas que existen en nuestro entorno, pero se deben superar a lo largo de nuestra vida mediante sistemas de educación escolar–aprobados por ley–, que fortalezcan la autoridad del profesor en clase, y, claro está, la convivencia pacífica entre los alumnos. Y ahora, por si fuera poco todo esto, estamos cogiendo miedo a la agresividad que se está fomentando en nuestras aulas.



Hemos de asumir que deben existir miedos y temores
El principio de autoridad de los profesores –que siempre existió en las escuelas de primera enseñanza–está tirado por los suelos, y los alumnos lo saben. Aquéllos–trabajando y enseñando–sirven de valladar entre los muchachos/as y sus respectivos padres, pero ganando el pan nuestro de cada con su salario, que hemos de procurar que no llegue a convertirse en el salario de y por miedo.


¡Hoy tengo un mal día! ¡Todo lo veo negro! ¡Me duele el corazón!, solemos decir, como si dicha víscera muscular fuera capaz de detectar dolores. Dentro de estas afirmaciones y otras similares llevamos inserto un mundo de miedos (fobias, muchas veces): miedo al amor, al infarto de miocardio, al cáncer, al SIDA (Síndrome de Inmune-Deficiencia Adquirida), miedo a perder la cabeza, miedo al sufrimiento, miedo al dolor. Todos estos temores que nos amenazan–en los prolegómenos del siglo XXI–al mismo tiempo, nos conducen inevitablemente al gran miedo que todos llevamos dentro: nuestro miedo a la muerte.

La sociedad que nos ha tocado vivir tampoco nos ayuda precisamente a superar estas barreras del intelecto. Pensamos y actuamos, como seres humanos que somos. Y es que la panorámica mundial es problemática: guerras fratricidas, violación de mujeres–con resultado final de muerte– y sus derechos, malos tratos psíquicos y físicos a menores, detención ilegal de menores…que desaparecen para siempre, etc.



La Coruña, 23 de junio de 2009
Mariano Cabrero Bárcena es escritor
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